«Marimar»: las múltiples vidas de la mujer junto al mar
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Mary Jessel Duque

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Mary Jessel B. Duque imparte cursos de arte, literatura y telenovela filipina en la Universidad de La Salle. Anteriormente, enseñó en el Departamento de Inglés y Literatura Comparada de la Universidad de Filipinas en Diliman, donde obtuvo su licenciatura y máster en Escritura Creativa. Sus ensayos y cuentos han sido publicados en antologías locales, incluyendo Sawi y Hoard of Thunder: Philippine Short Stories in English Volume 2, y le han valido sendas becas en el Taller de Crítica de J. Elizalde Navarro de la Universidad de Santo Tomás y en el Taller de Escritura Creativa de Iyas. Ha escrito guiones para las principales cadenas de televisión de Filipinas y Singapur.

La Ateneo Art Gallery y la Fundación Kalaw-Ledesma, Inc. se asocian con Perro Berde como parte de los Premios de Arte Ateneo-Purita Kalaw-Ledesma en crítica de arte. Cada año, dos escritores son seleccionados como colaboradores por sus socios de publicación, The Philippine Star y la revista ArtAsiaPacific. Ambos escritores participarán en esta publicación anual redactando un artículo de su elección relacionado con la cultura filipina y española. Este año, las escritoras ganadoras son Mary Jessel Duque y Alec Madelene Abarro.

Doy una asignatura sobre la telenovela*1

Es una optativa que enseño por lo menos una vez en el año académico, generalmente a las 7:30 de la mañana. Puede parecer demasiado temprano para servir a palo seco un melodrama o los intensos zoom-ins de FPJ’s Ang Probinsyano, cuando la mayoría de los estudiantes apenas están despiertos. Además, algunas voces se opondrán al título del curso: ¿por qué telenovela y no teleserye*2? Después de todo, este último término lleva incluido en el Oxford English Dictionary desde 2016. Ambas cosas son accidentes del azar y de la burocracia. Normalmente, la universidad asigna la primera franja horaria a las optativas del Departamento de Literatura. Y yo misma hubiera preferido llamar a la asignatura de otra manera. Con «telenovela», se asume que solo hablaremos de culebrones originarios de Hispanoamérica, cuando en realidad la asignatura se centra en los orígenes e influencias del culebrón filipino. Por otro lado, el citado diccionario asocia la génesis del término teleserye con el culebrón de ABS-CBN Pangako Sa 'Yo. Apunta, al describir la teleserye, que tiene «la magnitud de una serie por capítulos y el sofisticado oficio del cine».

Considero el término teleserye una marca registrada que las cadenas utilizan para publicitar sus culebrones. Pero la televisión local utiliza también los términos fantaserye para describir tramas de seres fantásticos, fashion-serye para culebrones ambientados en el competitivo mundo del diseño de moda y rivalidades entre hermanos, ecoserye para la naturaleza de TV-5 y el drama ecológicamente consciente, kilig*3 serye para cualquier programa en el que participe el love team*4 del momento. La mayoría de las publicaciones locales todavía se refiere a las tramas que se emiten diariamente como culebrones; el tipo de historia o tema se convierte en una etiqueta adicional, es decir, fanta, fashion, eco, etc. Además, la secretaria de admisiones ya tenía la asignatura registrada en el catálogo de la universidad como Telenovela, y para cambiarlo sería necesario pasar por muchos aros. Así pues, Telenovela.

El primer día de clase empieza con una encuesta: ¿Quién está al tanto de que se ha matriculado en una asignatura sobre culebrones? Las razones varían, desde que necesitan una optativa hasta que es la única asignatura que se ajusta a su horario. Manos vacilantes admiten vergonzosamente que están viendo tal o cual programa porque su love team favorito lo protagoniza y aullarán de placer cuando su grupo escoja On the Wings of Love para los reportajes y se vuelvan totalmente #TeamReal. Es raro que alguien admita alegremente que ve culebrones, a menos que amplíes la definición para incluir dramas coreanos. Luego tenemos a los que están que revientan esperando para contar por qué adoran a Messi, o que creen que son la novia del Goblin.

Algunos están absolutamente horrorizados, recién enterados de que se matricularon para trece semanas —una temporada completa, en realidad— de visionados, lecturas y análisis sobre el culebrón y sus diversas influencias. La mayoría declarará con suficiencia que no ven la televisión local. Afirman detestar esa clase de emociones baratas, prefiriendo las series americanas o hechas en el extranjero, con mejores presupuestos y una duración limitada. No como esa copia barata de una cierta deidad nórdica blandiendo un martillo o la escena de acción en la que se usaba una pistola Nerf de plástico de unos grandes almacenes que disparaba un láser para matar al enemigo. Si por casualidad miraban, era porque su madre o niñera estaban totalmente enganchadas a la historia de una esposa peleando con la amante de su marido, así que al parecer no tenían otra opción.

Esta resistencia era de esperar. De hecho, la acojo con satisfacción. Después de todo, una vez fui como ellos.

Me cambié de una escuela católica a una escuela secundaria estatal donde la comidilla era un refrito de los programas del corazón de los fines de semana y un listado de los programas bendecidos por las apariciones del sarimanok, un pájaro multicolor con un pez colgando de su pico. Había una competición en marcha y tenía muchas ganas de unirme a la conversación y compartir lo que había visto la noche anterior: las últimas aventuras de El joven Indiana Jones. Me interrumpieron. «Aquí no vemos ese tipo de programas». Se dieron la vuelta y continuaron la discusión sobre qué sobrecito de champú salía mejor de precio 

Nunca odié la televisión tanto como en aquel momento, cuando tenía doce años.

Si quería encajar entre mis nuevos compañeros de clase, más me valía estar familiarizada con lo que ponían en la televisión local. Me propuse enterarme de todo lo que pudiera. El drama semanal en el que la audiencia podía inscribir la historia de sus vidas. Me uní a los visionados extraescolares de dibujos animados adaptados de la literatura clásica, que incluían a la princesa repentinamente huérfana sometida a la crueldad y servidumbre de un internado, al niño flamenco que vendía leche junto con su perro rescatado y el cuento de los gemelos del destino: dos niños que viajaban a través de Europa y Asia en una cruzada para derrocar a la emperatriz viuda de China.

Por lo tanto, mi educación en la televisión local evolucionó en torno a narrativas de huérfanos en varios grados de crueldad y sufrimiento. Este motivo cristalizó en Mara Clara, la historia de dos niñas que habían sido intercambiadas al nacer, acontecimiento relatado después en un diario que todo el mundo andaba buscando. Clara, la hija de padres pobres, creció en el acaudalado hogar de Del Valle, mientras que la hija verdadera, Mara, se vio sometida a las crueldades diarias de Clara —durante cinco largos años—. Mara Clara ha sido apodada desde entonces como la «madre del culebrón pinoy». La afición filipina por la historia de sufrimiento de toda la vida se cortó por este patrón ideal. Probablemente, Mara Clara habría durado mucho más que los cinco años que duró en antena de no haber sido por el seductor intruso de México: Marimar, con la exótica Thalía doblada al tagalo, siendo la traducción la nueva forma en que el filipino pudo experimentar narrativas del sufrimiento de otros viejos súbditos coloniales del imperio español.

Teniendo en cuenta que Filipinas fue una colonia española durante más de trescientos años, es anómalo que el español no sea una de sus lenguas principales. A finales del siglo XIX, solo alrededor del 2,5 por ciento de la población usaba el español, sobre todo en ámbitos educativos, comerciales y administrativos. Cuando los estadounidenses llegaron e instalaron el sistema de escuelas públicas que solo exigía el inglés, esa pequeña población hispanohablante quedó diezmada en gran medida, ya que la mayoría de las clases medias y altas se pasaron al inglés como lengua de poder. Desde finales del siglo XX en adelante, nuestra experiencia con el idioma español fue prácticamente nula. Nuestra experiencia en la lengua y la cultura españolas se reduciría a la importación de telenovelas. A pesar de que la lengua del imperio fue borrada, sus fantasmas nos persiguen a través de los tropos narrativos que aparecen una y otra vez en nuestros culebrones. 

Después de Mara Clara, Marimar es el culebrón que más analizamos en clase. La telenovela creada por Inés Rodena en 1994 contaba la historia de una joven inocente que vivía con sus abuelos en un pueblo junto al mar. La familia de Marimar es pobre y a ella la pillan cogiendo verduras en una granja. El lujurioso campesino habría tenido éxito de no ser por la providencial intervención de Sergio Santibáñez, el rico pero ocioso futbolista heredero de la hacienda cercana. Marimar y Sergio se enamorarán. Habrá objeciones por los dudosos orígenes y motivos de Marimar. Pero Marimar no es realmente quien cree que es: su verdadero padre es un hombre rico perseguido por el pecado de abandonar a su hija y ahora la está buscando. Además, la gente de la ciudad está al tanto de los orígenes «secretos» de Marimar. 

Este secreto se revela en el primer episodio, cosa que en un culebrón típico filipino habría llevado años. Un ejemplo al caso: el diario que durante meses todo el mundo buscaba en Mara Clara resultó estar en un lugar muy obvio, si la gente se hubiera fijado mejor. Mientras tanto, la extensa historia de amor de Marimar y Sergio, su exilio y su regreso triunfal como Bella Aldama duró seis meses. Las travesuras de tirarse de los pelos de Mara y Clara, para entonces cuatro años ya en antena, eran glaciales. En su último año, Mara Clara tuvo que luchar para ponerse al día con los rápidos desarrollos en la vida de Marimar y su perro parlante Fulgoso. Para entonces, la fiebre de Marimar se había extendido por la nación y no había vuelta atrás.

Los filipinos estaban tan encantados con la historia de la mujer junto al mar que Marimar tuvo tres vidas en Filipinas: la versión tagalizada emitida en 1996, el primer remake oficial, que hizo de la actriz Marian Rivera una estrella en 2007, y, por último, la nueva versión en 2015 con la Mis Mundo Megan Young. Cuatro si contamos la película que condensó medio año en unas dos horas. Cinco si se considera el original mexicano antes de que fuera doblado al filipino. Más si se cuentan las vidas posteriores de los personajes periféricos: la sirviente Corazón, satirizada por el comediante local Michael V en sketches, y luego la villana Angélica Santibáñez, conocida por estos lares como la Senyora Santibáñez en Twitter.

En 1996, cuando se emitió la versión doblada al tagalo de Marimar, la traducción era una industria incipiente en Filipinas. Experiencias previas de programas doblados incluyen la importación japonesa Voltes V, que fue doblada al inglés y popular durante el periodo de la ley marcial a finales de los setenta y principios de los ochenta, con reposiciones en los noventa. Estaba el mencionado anime japonés adaptado de la literatura clásica: La princesita (conocida aquí como Princesa Sarah), El perro de Flandes y Gemelos del destino (o Julio at Julia: Kambal ng Tadhana), que fueron doblados al tagalo. Marimar no fue realmente el primer culebrón importado que fue doblado al tagalo. Estaba La traidora, o La dama traidora, de Venezuela. No tuvo tanto éxito como Marimar. El doblaje estaba en off —la traducción era más larga en filipino, así que el movimiento de los labios no coincidía, dando como resultado un extraño desfase en el que el personaje ya había dejado de hablar, pero el diálogo continuaba—. Que gente blanca hablase tagalo era una novedad. Algunos lo consideraron ridículo, pero La traidora sufrió los dolores de parto necesarios para una cultura que estaba aprendiendo a traducir y acostumbrándose a que el material importado se tradujera al idioma local. Décadas más tarde, gran parte del material televisado en Filipinas, en su mayoría dibujos animados y culebrones, está recibiendo el tratamiento tagalo.

Una década después de ese primer contacto con las narrativas hispanohablantes, la traducción dio paso a la adaptación. Marimar fue rehecho por GMA Network, con la actriz Marian Rivera como Marimar y Dingdong Dantes como Sergio Santibáñez. Lo que diferenció al remake del original fue la decisión de empezar con el nacimiento de Marimar en medio del mar, tras el repudio de su madre debido a las acusaciones de infidelidad lanzadas por la suegra. Gabriela se refugia con un amigo en un pueblo costero. Después de siete años, se encuentra por casualidad con el padre de Marimar. La familia está reunida, pero por poco tiempo. El avión en el que viajan explota. Sus padres mueren, pero Marimar sobrevive y es salvada por los pescadores, lo que nos lleva a la premisa de la narración original. El remake de 2007 duplicó el número de episodios de la versión original. La Marimar de Televisa se emitió en 74 episodios, mientras que la de GMA se emitió en 155 episodios y 4 especiales, incluyendo el final con boda.

El remake de 2015, otra vez de GMA Network pero con Megan Young como Marimar y Tom Rodríguez como Sergio, fue casi un tercio más corto, con 100 episodios. Esta versión lleva la historia aún más atrás, empezando con el enamoramiento de los padres de Marimar. Con regata incluida para enfatizar los orígenes marineros. Mia, la madre de Marimar, trabaja como mujer de la limpieza y no se la considera buen partido para Gustavo, el heredero de un imperio minorista. Lo que lo diferencia aún más de las iteraciones anteriores es que los villanos actúan como obstáculos camp para la felicidad de los protagonistas. En el original y en el remake de 2007, Angélica Santibáñez era la madrastra de Sergio. En la versión de 2015, Angélica, interpretada por Jaclyn José, sigue siendo la madrastra de Sergio, pero su hija Antonia es la exnovia. Juntas, madre e hija planean atrapar a Sergio en el matrimonio. Sus planes desembocan en el secuestro de la hija de Sergio y Marimar, Cruzita, con la amenaza de hacerla explotar con una bomba. Les sale el tiro por la culata porque resulta que la bomba está en su poder y el perro Fulgoso enciende el control remoto, haciendo que el helicóptero de Angélica y Antonia explote en el aire.

Mientras que los remakes de Marimar han jugado con lo camp y se remontan al pasado para retratar una estratificación generacional de romances prohibidos, lo que permanece indeleble e inalienable es la historia de la pobre e inocente niña junto al mar que sufre las indignidades de los oprimidos, pero más tarde se descubre que su origen es mucho más privilegiado. El giro más rápido de los acontecimientos ciertamente superó a los culebrones de los años ochenta y principios de los noventa. Pero los tropos narrativos que tanto les fascinaban no tenían sus orígenes únicamente en la telenovela latinoamericana. La sarswela fue una de las formas narrativas más populares en la Filipinas de principios del siglo XX, una época en la que el teatro tagalo estaba evolucionando rápidamente. Patricio Mariano fue un escritor y traductor de sarswela, cuyas obras a menudo se centraban en los temas del romance, las condiciones sociales y las esperanzas del pueblo filipino. La premisa de su sarswela Anak ng Dagat es muy similar a la de Marimar: una niña salvada de ahogarse en el mar por un pobre pescador de buen corazón.

Anak ng Dagat o Silay ng Liwanag (Hija del mar o atisbo de luz) es una obra de teatro con un preludio y tres actos. Cada acto tiene una duración de doce escenas, más o menos. La obra está en verso, con música de Bonifacio Abdon. Se conservan varios ejemplares del compendio, cuya fecha de publicación es 1951, aunque probablemente se editó por primera vez alrededor de 1921, o sea, tres décadas antes. En el preludio tenemos a un pescador llamado Berong, que emerge del mar tempestuoso llevando en brazos a una niña de unos cuatro años de edad. En las primeras escenas de la obra, se nos cuenta que todos en el vecindario sabían que Berong había rescatado a la niña y después que un vecino pregunta si Berong es realmente el padre de Nene. Porque un hombre rico ha estado buscando a la hija que perdió hace trece años y está dispuesto a ofrecer «billones» por saber su paradero. 

Aquí es donde tenemos una similitud aparentemente directa entre Marimar y Anak ng Dagat: el secreto ya ha salido a la luz, y el padre culpable está buscando a su hija. La hija Nene vende la mercancía de su padre. Otro pescador intenta flirtear con ella, ella se niega, él va demasiado lejos y la ataca. Ella le da una bofetada tan fuerte en la cara que acaba con un labio hinchado. La Marimar de Rodena necesitaba ser salvada del agricultor que quería su virtud a cambio de unas cuantas verduras. Pero aquí, Nene podía claramente valerse por sí misma y no necesitaba ayuda. Los hombres del pueblo hablan de su firme rechazo y culpan al hombre por pensar que Nene es fácil, como las otras mujeres.

Esta escena temprana presagia cómo se desvía la Nene de Anak ng Dagat de Marimar. Marimar se enamora del rico Sergio; Nene se involucra en un recatado noviazgo con el pobre pero respetado poeta Carlos. Cuando llega el verdadero y rico padre de Nene, a Berong le resulta muy duro dejar a la hija que ha criado durante trece años y se da a la bebida. Es Nene y sus frecuentes visitas a la aldea en la que creció lo que lo salva. El universo moral en la obra de Patricio Mariano es claro: las estructuras sociales están simplificadas, el bien y el mal claramente etiquetados. En su trabajo sobre «The Romance Mode in Philippine Popular Literature», Soledad Reyes señaló que la distinción de clases funcionaba como tendencia definitoria y que es a menudo la causa del conflicto y las pasiones desatadas en el texto. Tal es el caso de Nene, pues incluso con su riqueza y estatus recién descubiertos ha conservado las virtudes de la gente común. Doreen Fernández escribe también que la sarswela, como la mayoría de objetos de la cultura popular, examina algo muy importante para los filipinos: la armonía en las relaciones familiares, la custodia de los valores tradicionales, la adhesión a los códigos morales, la realización en el amor y el matrimonio. Las pruebas de Nene y su posterior triunfo revelan que ella representa la moral de la época y, por lo tanto, insiste Fernández, también la cultura y la conciencia de la comunidad.

En Anak ng Dagat, son los ricos los que resultan ser de moral dudosa. El padre de Nene, Mariano, quiere casarla con otro hombre rico, del que al final se sabe que va tras su dinero. Solo después de fingir que Nene no heredará nada de la fortuna de su madre se revelan los motivos, y todo ello bajo el ardid de Carlos, el poeta-intérprete que se niega a perseguir a la nueva rica Nene porque tiene miedo de que la gente confunda su cortejo con el interés material. Carlos Matapat es finalmente recompensado por esta admonición de la riqueza. Carlos solo amará a una Nene desprovista de riqueza, así que para mantenerla en la escasez, el padre lega su fortuna a Carlos para que él cuide de Nene y para que su eventual progenie la herede. Marimar tenía una estrategia diferente: revelar que Marimar, o Bella Aldama, tiene el mismo o más dinero que Sergio Santibáñez. Presumiblemente, los mexicanos ven a las mujeres de manera mucho más igualitaria a finales del siglo XX que los filipinos varias décadas antes.

Anak ng Dagat también ve la modernidad bajo una luz dudosa. La sarswela fue popular en las primeras décadas de la ocupación americana y revela de una manera sutil el malestar que viene con los nuevos amos coloniales y las virtudes añadidas. Carriton, un extranjero, entra primero en escena hablando una extraña mezcla de español y tagalo. Además, se le identifica como procedente de Manila y trata de enamorar a Nene por su riqueza. Pero se echa atrás cuando se da cuenta de que Nene no va a heredar nada. El juego del extranjero, con su ropa moderna y su búsqueda de cosas materiales, se opone a la dignidad tranquila de los campesinos junto a los que Nene creció en la ciudad costera. Doreen Fernández se hace eco de Soledad Reyes al hablar del «universo moral común» de formas populares como el romance y la sarswela: «Hablaban de comunidad. El proceso en sí era un lenguaje que hablaba de valores sólidos, de un compromiso y una preocupación de la comunidad, de un universo moral común».

La tensión entre lo urbano y lo rural es quizás signo de una preocupación aún mayor en la Filipinas bajo el dominio colonial estadounidense: la nación. El verdadero padre de Nene se fue a luchar en la guerra, por eso perdió a su esposa y a su hija. Entre canción y baile, Nene evoca un vago recuerdo de su padre como si fuera un sueño: «May nadinig akong salitang: labananan, tinubuang lupa, hukbo, himagsikan, na di ko mabatid ang pakahulugan» (Oí estas palabras: lucha, patria, ejército, revolución; palabras que no podía entender). La nación es algo que Nene no podía entender, algo que pasó a un segundo plano cuando lidiaba con asuntos que tenían que ver con el romance y su sentido del yo.

Si Marimar en su iteración original, adaptaciones y remakes estuvo alguna vez centrada en la idea de nación, es algo que debió de pasar desapercibido a nuestros ojos. Pero Soledad Reyes ofrece consuelo: la telenovela, el culebrón filipino y la sarswela son narrativas que han sido etiquetadas como «escapistas». Historias que aparecieron como tales porque «apartaron la atención de la gente de las sombrías realidades de la guerra. En lugar del mundo infernal, se representaba el mundo del idilio, poblado de personajes que se debatían con sus emociones privadas». El mundo está en ruinas, ¿qué mejor manera de distraer a la gente del sufrimiento que ofreciéndoles narrativas que les proporcionaran un alivio temporal del infierno?

Actualmente, el culebrón es posiblemente la forma más popular de escapismo en Filipinas. El culebrón se apropió de los tropos de la sarswela y opera decididamente en el modo romántico. El culebrón deviene, pues, una forma simbólica de ver el mundo. Soledad Reyes nos recuerda que «el romance se convirtió en una forma de hacer frente a los complejos movimientos de la vida, una fórmula comprensible que tenía pocos factores desconocidos, una estructura codificada que la gente podía entender». Es la «tendencia más importante» del culebrón, una manera de responder a una necesidad o de satisfacer un deseo. El culebrón en general, y Marimar y sus múltiples vidas en particular, es nuestra puerta de entrada para comprender las complejas estructuras de la sociedad, que apenas nos caben en la cabeza. Ver culebrones puede favorecer el escapismo, puede anestesiar, pero al igual que la proverbial sal en la herida, es importante para mantenerse despierto, para darse cuenta con exactitud de cómo los sistemas existentes tratan de adormecernos.

La académica Doreen Fernández está hablando de la sarswela, pero también podría estar hablando del culebrón. Así, el alma del culebrón es «el alma de la nación; es su canto, su pena, su júbilo, su expansión... vive en la plaza pública, no en el ateneo, y exhibe como cualidades autóctonas la claridad, la sencillez, el gusto, la proporción... dejemos que cante la nación».

Lo que antes se veía después de comer ahora ocupa no solo el horario de máxima audiencia (o el bloque que va desde las noticias de la tarde hasta las noticias de la noche), sino también la tarde e incluso las medias mañanas hasta el tradicional programa del mediodía. En resumen, ahora tenemos culebrones todo el día, todos los días. Si al culebrón le añadimos la fascinación actual por las películas románticas o kilig y la cultura hugot*5, cabe preguntarse: ¿en qué clase de sociedad estamos inmersos para necesitar escapar de nuestras realidades cotidianas las veinticuatro horas del día?

Bibliografía

Doreen Fernández, «Zarzuela to Sarswela: Indigenization and Transformation», Philippine Studies, 41, n. 3 (1993): 320-343.
Patricio Mariano, Anak ng Dagat o Silay ng Liwanag. Música de Bonifacio Abdon. (Roberto Martínez e hijos, 1951).
Soledad Reyes, «The Romance Mode in Philippine Popular Literature», Philippine Studies, 32, n. 2 (1984): 163-180

1. En castellano en el original, en todos los casos en los que la palabra aparece [N. de la T.].
2. Término filipino que corresponde (con algunas particularidades) al castellano «teleserie» [N. de la T.].
3. Palabra del idioma tagalo sin equivalente en castellano, que se refiere a la sensación de tener mariposas en el estómago, entre enamorados [N. de la T.].
4. Es como se llama, en los medios de comunicación filipinos, a las parejas de actores y actrices jóvenes que hacen tándem en series de televisión y películas, o duetos musicales, y de los que los fans esperan que se emparejen en la vida real. Al parecer, a los actores y actrices que forman parte de un tándem les resulta difícil desarrollar su carrera fuera de él [N. de la T.].
5. La cultura hugot consiste en expresar uno, vía memes en redes sociales, sobre todo, sus emociones más profundas, ya sean tristes o alegres. En estos memes suelen citarse letras de canciones, diálogos de películas, poemas, etc. [N. de la T.].

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