Los secretos de la isla de Camiguín
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Andrés Narros Lluch

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Tras haber residido en Camiguín durante siete años, el antropólogo español Andrés Narros Lluch ha querido contribuir a la difusión de la historia de la isla mediante un libro que recoge episodios que, como él mismo apunta, hasta el momento habían sido silenciados. Perro Berde se adelanta a su publicación con el siguiente extracto.

Introducción

En la bella isla de Camiguín, al sur del archipiélago filipino, junto a la enigmática isla de Mindanao, cada gesto, guiño, sonrisa o silencio de sus habitantes revela un rico legado. Un pasado. Una historia. Sin percatarnos, pasear por las calles de sus aldeas, hablar con los lugareños, adentrarse en su bosque es como visitar un museo donde ese pasado está sigilosamente gravado

Pero más allá de estas sutiles pistas, apenas existen relatos etnohistóricos que nos expliquen cómo se originó el mestizaje que hoy exhibe la isla. Una vez que el investigador se adentra en su trabajo, entiende el porqué de este déficit. Primero, porque la naturaleza volcánica de la isla ha sido un factor determinante a la hora de eliminar las evidencias tangibles del pasado. Segundo, porque muchos de los manuscritos que contenían información histórica acabaron en cenizas dadas las «rebeliones» de los nativos de la isla. Y tercero, porque los pocos manuscritos que sobrevivieron a los dos factores anteriores están escritos en una lengua que el camiguino y el académico de hoy en día desconocen. Todo esto tiene como resultado la existencia de una fractura en la relación que el camiguino tiene con su pasado. Una fractura que duele, que sangra en silencio.

Este libro viene a curar esa herida. Al menos parte de ella. Y lo hace a través de la construcción de un relato basado en una extensa investigación etnohistórica que hospeda dentro microhistorias de ficción entre sus protagonistas. Relatos cortos que despliegan una historia local aderezada con pequeñas dosis de ficción. Creo que estas, lejos de opacar a la primera, la ayudan a desplegarse en todo su esplendor.

Considero importante señalar que esta es la primera y única investigación que utiliza los archivos de los agustinos recoletos. De hecho, cada capítulo del libro refleja un importante acontecimiento histórico desconocido en la isla. El primer capítulo, «Kimigin», trata de los primeros habitantes de la isla, los manobo, los seguidores del Datu Migin, su forma de vivir y su cultura. El legado de esta tribu hoy es desconocido por unos y silenciado por otros. El segundo capítulo, titulado «Punta Pasil», versa sobre la historia del primer centro religioso cristiano de la isla, su principio y su final, un centro construido por los recoletos que desde hace siglos duerme sumergido e ignorado en el mar. La existencia de este centro religioso ha sido descubierta gracias a la investigación de archivos que ha precedido a este libro. El tercer capítulo, «Datu Mehong», trata de la leyenda de un líder local, curandero y guerrero a la vez, cuyo mensaje fue silenciado por habitar en la periferia de la isla y hablar una lengua minoritaria. El último capítulo, «El viejo volcán», relata la historia que rodeó el antes y el después de la erupción volcánica de 1871, un relato desconocido que, sin embargo, muestra la compleja relación entre el conocimiento local de los nativos y el conocimiento cristiano de los frailes.

El presente libro encierra un sueño: el de que los habitantes de la maravillosa isla de Camiguín lo lean. Especialmente aquellos estudiantes inquietos y críticos que cuestionan el relato oficial, aquellos que no se conforman con lo dicho, sino que buscan en lo silenciado. También los profesores de Historia, para que les ayude a contextualizar su programa con narrativas locales, para que estas estimulen la curiosidad de los estudiantes. ¡Este relato no es mío, sino vuestro!

Y también, por qué no, a cualquier persona inquieta que le interese la compleja y fascinante historia del archipiélago filipino. Estas son pequeñas historias de una isla que, sin duda alguna, podrían haber sido de otras.

Andrés Narros Lluch es doctor en Antropología Social y Cultural por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Ha realizado trabajo de campo como cooperante y como investigador social en el sudeste asiático, Asia central, Centroamérica, Sudamérica, África del Este y Europa durante veinte años. Ha formado parte del Departamento del Sudeste Asiático de la School of Oriental and African Studies (2011-2012) y ha sido investigador invitado del Departamento de Antropología de la London School of Economics and Political Science e investigador asociado del Departamento de Antropología de la University of the Philippines Manila (2012-2014). En 2015 creó una pequeña fundación llamada Kilaha, dedicada a documentar y fortalecer la cultura e identidad locales, así como a preservar la fascinante biodiversidad de la isla de Camiguín. Ha publicado, entre otros títulos académicos, el libro La comedia de la cooperación internacional: historias etnográficas del desarrollo en la isla de Camiguín (Catarata, 2016) y, próximamente, The Untold Stories of Camiguin Island. En la actualidad reside en España, donde coordina la Fundación Allegro.

Capítulo I
Kimigin

Tenía los ojos negros, muy negros. Sí, eran esa clase de ojos oscuros y penetrantes del sudeste asiático, tan oscuros y profundos que parecían alojar un mar de secretos dentro. Era como si, de alguna manera, escondieran un misterio, una larga historia, un rico pasado. Su rostro de piel morena, limpia, y sus dientes blancos hacían de su expresión, cuando sonreía, un bello retrato del Pacífico.

Vivía en la montaña de Timpoong, en la isla de Kimigin, dentro del bosque, en la abrumante jungla que habita en la isla. Su tribu era gente de tierras bajas, de río, de mar… Pero vivían bajo la amenaza de los piratas del sur, que desde la isla de Mindanao venían a capturar a gente para llevársela y esclavizarla. Por eso, y por la llegada de los bisayos por el norte de la isla, su tribu había decidido trasladarse a vivir a la montaña.

Malaya se levantó temprano esa mañana, como de costumbre, justo cuando salía el sol, cuando los pájaros le daban la bienvenida. El bosque estaba espléndido aquel día. Cientos de verdes diferentes lo tapizaban y cada uno de ellos traía un significado, un mensaje peculiar. Sobre todo para ella, que conocía el código de los árboles. Su padre se lo había enseñado pacientemente. 

La luz del sol y el verde de los árboles estaban regados aquella mañana de agua y humedad. Agua limpia, agua fresca. Para Malaya, esta era la mejor forma de empezar el día. Un azul rey pescador, que aquella mañana volaba por la parte alta de la isla, la saludó desde el cielo y ella le devolvió el saludo con una sonrisa. 

Malaya era descendiente de Migin[1], el primer líder manobo[2] que se asentó en la isla hace decenas de siglos según la leyenda de su tribu. Vivían en una pequeña casa hecha de bambú y nipa[3]. Como todas las casas de la gente de la pequeña aldea.

Aquella mañana, la niña tenía que acompañar a su padre a recoger arroz. La cosecha estaba esperando desde hace unos días, pero las lluvias intensas habían hecho imposible su recolección. Así que la luz del sol traía hoy buenas noticias. Por fin podrían comer y tener grano para unas semanas, quizá unos cuantos meses. Cuando la cosecha era buena y tenían arroz suficiente para el clan, su padre, Migin, como su legendario ancestro, bajaba de la montaña a las zonas de costa para cambiarlo por pescado, carne o camote.

Pero no era recoger arroz lo que más le gustaba a Malaya, sino salir con su padre a cazar. Le encantaba caminar detrás de él, en el bosque de la isla, subiendo y explorando la montaña. Le encantaba ver cómo su padre abría un camino. Ella veía todo desde detrás. Le gustaba ver los músculos de su padre, los músculos de las piernas, de la espalda, de los brazos… Le hacía sentir segura, protegida. No cabían los miedos cuando caminaba a su lado. Al mirar hacia atrás, veía la obra realizada, el camino que su padre había abierto, el camino que les llevaría de vuelta a casa.

Su padre y los otros miembros del clan cazaban cerdos salvajes, monos, lagartos, pájaros, toda proteína que pudiera ofrecer el bosque. Migin era muy bueno construyendo unas pequeñas trampas llamadas gahong. Excavaba primero un hoyo en el suelo y, en el fondo, colocaba verticalmente unos palos de bambú en cuyo extremo superior esculpía unas puntas muy afiladas. Después, colocaba en la superficie del hoyo una fina red de abacá[4] y la cubría con hojas y plantas. La trampa funcionaba bien, siempre y cuando la red de abacá fuera bien cubierta.

Cuando caminaban juntos por el bosque, Malaya no paraba de aprender de su padre. Aprendía el nombre de los árboles, sus frutos, su utilidad, su edad y las curas que proporcionan a los humanos. Para ella era difícil comprender y memorizar todo lo que su padre le contaba. Migin arrastraba un legado de miles de años de conocimiento sobre el bosque. Ella se quedaba mirándole a los ojos, estupefacta, abrumada por tanto conocimiento. Pensaba entonces que aún le quedaba mucho tiempo para ser adulta, es decir, para aprender todos esos secretos del bosque de Kimigin. Y tenía razón, aún le quedaba una vida por vivir.

La vuelta de la caza a su gaup («territorio» en la lengua de la tribu Kimigin) era sinónimo de descanso y, a veces, también de celebración. Allí esperaban expectantes los miembros de su familia, de su clan. De su éxito en la caza dependía en gran parte su supervivencia. Y normalmente el padre de Malaya y sus hermanos traían comida para todos. Por eso celebraban. Antes de empezar a cocinar los alimentos, los adultos de la aldea, hombres y mujeres por igual, realizaban un pequeño rito de agradecimiento a los diwata, los dioses ocultos que habitaban en el bosque.

Pero no siempre había buena suerte. A veces, la caza obtenida no era suficiente para alimentar a la pequeña aldea. Cuando esta situación se repetía durante un tiempo, el clan se trasladaba a otro lugar donde cultivar y cazar. La isla era grande y estaba llena de lugares idóneos para cazar, recolectar y plantar alimentos. Malaya, aunque joven, aún recordaba su anterior hogar en las cataratas de Binangawan. Allí, en el lago que formaba el agua en su caída, Malaya jugaba todos los días con sus hermanos y primos. Ese lugar era sinónimo de felicidad para Malaya. Ese lugar era también el centro de culto para los mayores, pues allí se trasladaban a veces para comunicarse con los dioses del bosque.

Cuando el clan se trasladaba a un nuevo lugar, procuraba elegir un sitio en el que fácilmente pudiera abrir espacio para el cultivo de arroz y que, a la vez, estuviera bien rodeado de árboles, donde hubiera animales para ser cazados. Una vez los miembros del clan elegían el lugar, empezaba la construcción de las casas. Migin y sus hermanos eran cuidadosos a la hora de elegir el árbol cuya madera iba a ser el soporte de la casa. No valían arboles con agujeros, ya que esto significaba que la serpiente o los insectos que los habían hecho se trasladarían más tarde al nuevo hogar. Tampoco valía un árbol que tuviera parras o enredaderas a su alrededor, ya que significaba que los habitantes del nuevo hogar vivirían atrapados en deudas y otras obligaciones para con los miembros del clan. Y tampoco servían árboles que estuvieran en contacto con otros, ya que esto significaba un potencial conflicto con los vecinos. El tamaño de la casa también era importante: debía medir un número determinado de manos, no fracciones de estas, ya que una pequeña fracción en la longitud de la casa significaba problemas, un futuro de hambre y enfermedades en el que la recolecta y la caza serían menores que las necesidades del clan[5].

Lo más importante era que los postes principales de la casa fueran fuertes y sanos. El clan construiría sus casas con una elevación sobre el suelo para evitar que entrara agua en época de lluvias, de tormentas, de tifones. Excavaban un hueco para el poste y en ese hueco vertían toda clase de objetos: piedras de río, musgo, hojas secas del fondo del río, flores o las puntas de las hojas de nipa. Ponían todos estos objetos del bosque antes de insertar el poste en el hoyo. De esta forma obtendrían unidad y paz en la aldea. Al fin y al cabo, era precisamente eso lo que buscaban. Además, insertaban el poste siempre entre las doce de la noche y las cuatro de la mañana, orientando la casa hacia el este para asegurar una vida larga. 

Luego, cuando el pequeño asentamiento estaba construido, se utilizaban grandes árboles como los balites o narras para indicar a otros clanes que allí había ya un asentamiento, que allí estaba su nuevo gaup. Entonces el padre de Malaya soplaba el tambuli, una concha gigante de mar que emitía sonidos que podían ser oídos a kilómetros de distancia. Cada gaup tenía su tambuli, cada clan tenía su himno. El del clan de Malaya era profundo y tranquilo. Y ese era el mensaje que enviaba a sus vecinos. Otros líderes, sin embargo, utilizaban troncos huecos de bambú que golpeaban con un palo para producir ritmos[6].

En esa preciosa mañana de febrero, justo cuando acababa de terminar la época de lluvias, Malaya y su padre Migin se preparaban para recoger el arroz. Así que, después de un pequeño almuerzo y un baño en el río que baja de la montaña Binandahan, se pusieron manos a la obra. Todos los miembros de la aldea, excepto los mayores, caminaron juntos hasta la tierra donde habían cultivado meses atrás el grano de arroz. Entonces, para asegurar que las semillas producirían una buena cosecha, habían enterrado unos pequeños amuletos de raíces y hojas en el centro de la tierra, cubiertos con una cáscara de coco. Y les había funcionado: la cosecha de este año era cuantiosa.

En tres días fueron capaces de coger todo el grano y ponerlo a secar. El arroz estaba listo para cocerlo y comerlo. Cuando cocinaron por primera vez el grano, había que hacer una ofrenda a los diwata como forma de agradecimiento por la cosecha. Migin cogió con su mano un puñado de arroz cocido, lo amasó, lo envolvió en una hoja de banana y lo colgó del poste más fuerte de su casa. Con ello buscaba asegurarse alimentos y arroz para su familia.

Recogieron tanto arroz en la cosecha que después de una semana Migin ya estaba planeando el siguiente paso: llevar el pequeño excedente a las tierras bajas de la isla para hacer trueque con las gentes que vivían en la costa.

Los pequeños clanes de manobos no estaban solos en la isla de Kimigin. Abajo, en las áreas de costa, hacía tiempo que llegaron los bisayos. Eran gentes que venían de la isla vecina del norte, Bohol. Se asentaron en el norte y en el oeste de la isla. A pesar de sufrir la entonces esporádica amenaza de los piratas del sur procedentes de la isla de Mindanao, los bisayos no se habían trasladado a vivir a las montañas de la isla. Ellos preferían correr el riesgo. Eran gente de mar. Para ellos, el océano no era un obstáculo, sino un medio de comunicación. Se movían a través de barcos, no de carros tirados por animales de carga. Para ellos, el océano era una meseta líquida con miles de senderos señalizados en el cielo. Las estrellas les servían para navegar. A través de esos senderos podían transportar gente, productos excedentes, pero también lenguas, ideas y dioses. Con el paso del tiempo, fue ese intercambio a través de los senderos del agua el que construyó una comunidad de culturas y gentes entre las islas del archipiélago.

Los bisayos intercambiaban a través de esos senderos todo tipo de productos, tales como jarras, platos, arroz, oro, productos que venían de lejanos lugares como China, Tailandia, Malasia, Malaca, Borneo, Java, etc. La lengua bisaya era la lengua franca para el comercio en este lado del océano.

Además, el mar les ofrecía alimento. Los bisayos eran expertos pescadores, conocedores del medio acuático. La forma en la que construían sus casas no era más que un reflejo de cómo habían construido sus barcos. Así que de ningún modo querían alejarse de esa fuente de alimento y vida.

Migin hablaba la lengua de los bisayos, su madre se la había enseñado. Ella misma era bisaya, sus antepasados habían llegado a la isla de Kimigin desde Bohol. Migin hablaba las dos lenguas: la de su tribu, el kinamigin, y la de su madre, el bisayo. Y esto era una gran suerte. Si los manobos querían adquirir productos de los que carecían, debían hacerlo en la lengua de los que se los proveían, los bisayos.

Migin quería bajar a la costa, pero iba a necesitar la ayuda de al menos dos miembros del clan para cargar el excedente de arroz. El camino era largo y complejo, ya que se trataba de descender la montaña de Timpoong, cuyos estrechos y pendientes senderos, después de la época de lluvias, estaban resbaladizos. Además, eran peligrosos, dado que pitones y cobras vivían en la montaña. Una vez en la costa, debían caminar unos quince kilómetros en dirección noroeste hasta llegar al asentamiento bisayo donde querían vender el arroz, un sencillo lugar erigido en un pequeño cabo, Katadman, a las faldas del volcán Hibok-Hibok.

Migin tenía bien claro quién le iba a acompañar: sus dos hermanos. Ellos también lo sabían, ya que siempre eran ellos los que hacían año tras año la misma tarea. Los tres eran jóvenes y fuertes. Además, eran el centro de poder del clan, al ser descendientes del legendario Migin. Lo que no esperaban era que Malaya, la pequeña niña, quisiera acompañarles.

Estaban cenando arroz con banana alrededor de un pequeño fuego. Era una noche de cielo limpio, miles de estrellas jugaban en él. Una tímida y bella luna creciente se asomaba en el este, detrás de la montaña madre, Timpoong. El aire era tan puro, tan limpio… Respirar ese aire era como limpiarse por dentro. Al menos así lo sentía Malaya. Le gustaba tumbarse, cerrar los ojos y respirar profundamente. Cada vez que lo hacía, sentía una especie de cura, de bienestar, de alegría. Aquella noche se oían cientos de insectos, aves, anfibios. Era como una sinfonía nocturna, la sinfonía de la isla de Kimigin. Estaban comiendo, en silencio, masticando y digiriendo despacio los alimentos, sintiendo cómo estos se transformaban en nutrientes y fuerza en su cuerpo, cuando Malaya se incorporó y se acercó a su abuela.

—Ama, yo quiero ir al poblado de los bisayos. ¿Crees que papá me dejará?

—Malaya, sabes que es peligroso.

—Sí, lo sé, pero he estado aprendiendo los secretos del bosque. Y te prometo que haré caso a papá en todo lo que me diga. Te lo prometo.

Malaya sabía cómo suplicar, sabía qué recursos de su amplio reportorio utilizar. Su rostro gentil, su boca limpia, sus ojos curiosos… Y la abuela sonrió.

—Al fin y al cabo no era mala idea —pensó. Malaya tenía once años. Pronto se casaría y todavía no se había mostrado ningún interés por parte de otros clanes manobos. Por otro lado, a la abuela le encantaba la idea de encontrar un joven bisayo para su hija. De esto no le dijo nada a Malaya. 

Cuando la abuela le contó a Migin el deseo de Malaya, a este tampoco le pareció una mala idea. El buscar un pretendiente para su hija era la mejor forma de establecer acuerdos políticos entre los manobos y los bisayos. A Migin esto siempre le pareció una buena estrategia para asegurar la paz en la isla. 

Temprano, en la mañana del día siguiente, Malaya, su padre y sus tíos se pusieron en marcha. Migin y sus hermanos mascaron la nuez de areca, envuelta en una hoja de betel. Este fruto les haría el trayecto más ligero. Después de prepararlo con un poco de lima y masticarlo durante un rato, empezaron el largo trayecto. El recorrido por la ladera de la montaña de Timpoong era la parte más agradable, pero también la más corta. Los rayos del sol no les daban directamente en su piel, sino que sus cuerpos permanecían resguardados dentro del bosque. El sendero, de tierra y hojas, estaba húmedo, pero se podía caminar sin riesgo de caerse. Además, esa parte del trayecto era un viaje perfecto para explorar la diversidad de vida que la montaña encerraba. A medida que descendían, el bosque cambiaba su ropaje y, al cambiar este, Migin se extendía en sus descripciones. Ese verde lleno de verdes estimulaba muchísimo a la niña. Las palabras de Migin ayudaban a Malaya a entenderlo, a conocer cómo una especie se relacionaba con otra, a sentir cómo ella misma formaba parte del bosque. El bosque era su verde hogar, su escuela, su hospital[7]. Y todo el conocimiento que Malaya aprendía de su padre era precisamente para vivir en él, para alimentarse de él, para curarse con él, para rezarle a él. Proteger el bosque era proteger a la tribu.

Una vez alcanzaron la línea de costa, se dieron un chapuzón en el mar. Era la primera vez que Malaya veía el mar y la asustó su magnitud. Era más grande que la montaña de Timpoong. Desde allí pudo ver la isla de Mindanao, de donde, según le dijo su padre, venían sus antepasados. El agua estaba más caliente que la que bajaba de la montaña, pero aun así, era un placer bañarse en el océano. Al poco tiempo de estar en el agua, el perenne entusiasmo de Malaya sustituyó al miedo. Cuando abrió los ojos bajo el agua, Malaya visualizó de repente la vida del fondo del mar. Peces de colores, unos enormes, otros pequeños; corales, estrellas de mar. El viaje acababa de empezar, pero a los ojos de la joven niña ya había merecido la pena.

Se había hecho tarde, así que Migin y sus hermanos decidieron pasar la noche allí. A Malaya eso le pareció un regalo. Estaba agotada, pero prefirió no decir nada. Los mayores amontonaron los sacos de abacá de arroz debajo de un manuyog, un fuerte árbol que crecía en la orilla del mar y que servía como defensa de los fuertes vientos y lluvias que los tifones traían. Con el bolo, Migin hizo un daugan, una lanza de bambú en cuyo extremo colocó una fina cuerda de abacá, y se volvió a meter en el mar. Malaya lo miraba con extrañeza. Su padre en unos pocos minutos ya había matado un pez lo suficientemente grande para que todos pudieran comer aquella tarde. Mientras, sus tíos, en la orilla, con unos palos de bambú afilados, pero más pequeños, llamados pasgong, fueron capaces de coger unos cuantos cangrejos.

Ya estaba cayendo el sol cuando hicieron el fuego para asar el pescado capturado. Malaya no estaba muy acostumbrada a comer este tipo de pescado, así que no le gustó demasiado, pero no dijo nada, ya que se percató de lo satisfechos que estaban su padre y sus tíos con todo ese alimento del mar. Después de terminar de comer, cuando estaban hablando alrededor del fuego, de repente Migin vio a lo lejos un barco que navegaba hacia el sur. De un salto se precipitó sobre el fuego y con una serie de patadas y un poco de agua lo apagó rápidamente. Cabía la posibilidad de que en ese barco fueran mercaderes de Joló, Lanao o Maguindanao, que en algunos casos comerciaban con personas[8]. Era la primera vez que Malaya veía a los famosos piratas del sur. Su padre sintió el miedo de su hija, pero el barco siguió su curso hacia Mindanao. Migin decidió no volver a encender fuego esa noche. Rodeó a su hija entre sus brazos y le acarició su negro pelo. Era hora de descansar; tenían un largo camino que recorrer al día siguiente, un camino que iba a rodear el volcán Hibok-Hibok por su parte suroeste, a lo largo de la costa.

Nada más salir el sol, recogieron sus cosas e iniciaron la marcha. El bosque que tapizaba la costa era diferente del que tapizaba la montaña. Era más gentil, más sereno, pero también más caluroso. Las vistas desde allí, tanto de la montaña de Timpoong como de Tres Marías y de Hibok-Hibok, eran impresionantes. Malaya estaba fascinada. Había oído hablar de esas montañas en los cuentos épicos de la tribu, los cuales se acompañaban con el ritmo del gong[9]. Pero la niña nunca había imaginado cuán bellas podían ser. Desde allí, desde abajo, ella se podía hacer una idea de su isla. De la isla de sus ancestros, de Kimigin.

Los ríos que bajaban de la montaña desembocaban en el mar formando perfectos balnearios de agua fría, donde se paraban para refrescarse y descansar. Migin y sus hermanos cargaban el arroz en sus hombros. Los rayos del sol castigaban sus espaldas, brazos y piernas. Sus cuerpos solo estaban cubiertos por una especie de tanga hecho de abacá y que servía exclusivamente para cubrir sus genitales. Sus cabellos largos y negros atraían aún más los calurosos rayos que venían del sol. Cada hora que pasaba, cada kilómetro que recorrían, incrementaba el castigo sobre sus cuerpos. Ahora Malaya entendía por qué solo bajaban a la costa los hombres más fuertes de la aldea. Primero iba Migin, después uno de sus hermanos, detrás la pequeña Malaya y, para cerrar el grupo, el segundo hermano, el más joven.

Ya habían recorrido al menos diez kilómetros. El poblado bisayo debía de estar cerca. Para cruzar un pequeño río de agua limpia y transparente, Migin utilizó las piedras que había en su curso como puente, cuando de repente una gran serpiente amarilla y negra asomó agresivamente su cabeza por debajo de una de las piedras. En menos de una milésima de segundo la serpiente incrustó sus afilados colmillos en el tobillo de Migin. Era una cobra, una cobra filipina. Una serpiente terriblemente peligrosa.

Durante un instante, quizá unos segundos, se instaló el silencio en los ojos de Migin y sus hermanos. Los ojos de Malaya se llenaron de miedo, se hicieron aún más negros. En ese momento de terror se abrió una nueva dimensión que parecía provenir de otro mundo, de otro tiempo. Era el miedo que se siente cuando se atisba el precipicio que delimita el inmenso agujero negro de la muerte.

La serpiente desapareció y, rápidamente, el hermano más joven cogió a Migin y lo ayudó a tumbarse en la orilla del riachuelo. Malaya y Migin tenían los ojos clavados el uno en el otro, inmóviles, paralizados. Como un relámpago, el otro hermano salió corriendo en busca de lo que necesitaban: una serie de hierbas, hojas y raíces del bosque. Era la única forma de salvar a su hermano.

Cuando regresó a los pocos minutos con las hojas y raíces necesarias, las mezcló con una especie de aceite que portaba en su lanahan, un recipiente hecho con la cáscara de un coco. Cuando estaba todo preparado, el hermano rezó a los dioses e inició el tawal, el ritual de cura manobo, colocando las hierbas en el tobillo de Migin. Inmediatamente después, desalojó la herida y empezó a chupar la sangre envenenada de su hermano, absorbiéndola primero y escupiéndola después. Lo hizo durante unos minutos. Luego volvió a tapar la herida con las hierbas, colocó sus manos en la cabeza de su hermano y empezó a soplar sobre su cuerpo, desde la cabeza hasta los pies.

Migin permanecía consciente en ese vertiginoso filo entre la vida y la muerte. No tenía miedo, pero sí pena, una pena que brotaba al mirar a los ojos a su hija Malaya. Entonces, en un suspiro, pidió a su hermano que fuera a buscar ayuda a algún asentamiento bisayo. No debía de estar muy lejos. Sin perder un segundo, los dos hermanos iniciaron la marcha.

Caía ya la tarde. Migin y Malaya permanecieron durante un tiempo que sintieron eterno esperando el regreso de sus dos hermanos. Antes de la caída del sol llegaron voces desde el mar. Un pequeño barco bisayo acudía en su auxilio. Rápidamente, entre lágrimas de emoción y esperanza, cargaron a Migin en el barco e iniciaron el trayecto a la aldea bisaya en el cabo de Katadman.



1. Según la tribu de Kimigin, Migin fue el primer líder manobo de la isla.
2. Los manobos son el grupo étnico más numeroso de la isla de Mindanao.
3. Nipa es una especie de palmera pequeña muy abundante en el sudeste asiático.
4. El abacá es un pequeño árbol de bananas, cuya fibra de las hojas tiene un gran valor comercial.
5. Gacus, Elmer N. Compilation of the History, Legends, and Origin of Kamigin Tribe. Camiguín.
6. A este instrumento le llamaban pamaling y se utilizaba también para reunir a los miembros de la tribu para ir a pescar. Gacus, Elmer N. Compilation of the History, Legends, and Origin of Kamigin Tribe.
7. Dicho popular en la lengua kinamigin: «Ha kalasangan ha amo ospital, escuelahan ug amo baay na ag timaan».
8. En este periodo, el comercio de esclavos era una práctica habitual en todo el sudeste asiático. Los sultanatos de Joló y Maguindano utilizaban esos esclavos para el trabajo doméstico.
9. Los poemas épicos se llamaban kandu y los gongs se llamaban localmente inagong.

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